viernes, 10 de marzo de 2017

En la encrucijada - PABLO STANISCI - Munro

La vereda destrozada no ayuda a seguir el paso. Los pies intentan mantener el equilibrio mientras el cerebro no decide cual debe dar el primer paso. La niebla que me rodea vuelve todo difuso y tétrico. Volutas de vapor escapan de la boca y cada respiración recuerda a la helada madrugada de julio en la que me encuentro. La calle Belgrano está desierta y solo las esferas brillantes pasan a mi lado. De a pares o como astros solitarios, con su ronco sonido persiguiéndome. Saben que las odio y se vuelven más frenéticas. La petaca de whisky amenaza con acabarse mientras la garganta grita por un nuevo rio de alcohol berreta que le hago pasar.
Las pocas personas que cruzo con el zigzagueante andar clavan sus miradas en mi rostro. Puedo leer el desprecio y asco, pero ya nada importa. Dos años atrás el universo era otro. Existían los colores, las fragancias me invadían y saboreaba cada momento como un evento único. Dos años atrás me consideraba un hombre. Hace tiempo ya que solo soy una cáscara vacía, que absorbe el humo del tabaco y se ahoga en alcohol. Es difícil explicar lo la ausencia del brillo. Cuando todo se vuelve opaco, incluso las palabras, ya no distinguís el amor del odio. Las caricias queman, ampollan la piel. La música, esa gran pasión que disfruté, se volvió un bajo continuo, absurdo y vacuo.
La inminente falta de alcohol desata el peor enemigo: la ansiedad. Ese parásito egoísta que escarba la cabeza buscando vaciarte y transformar cualquier detalle en un todo absoluto. Ahora la petaca solo sirve de adorno. Vacía como se encuentra la dejo dentro de un cesto de basura en la intersección de Belgrano con Velez Sarfield. Lucho con los demonios internos, aunque conozco de antemano el resultado de la contienda. Aprieto los ojos hasta que saltan lágrimas y las manos hasta que un hilillo de sangre gotea sobre la zapatilla. Las esferas brillantes me rodean y los fantasmas se impulsan entre la niebla. En ese estado catártico mantengo el cuerpo para no cruzar la calle. Pero la encrucijada llama y nada puedo hacer para callarla.
Mi mente vuela dos años atrás, cuando todo tenía sentido. Luego de mucho luchar mi carrera avanzaba y el futuro, esa masa informe que tanto aterra, comenzaba a modelarse tímidamente según los planes. Junto a ella todo brillaba. Parecía no existir límite alguno para nuestros sueños, los senderos se abrían sin esfuerzo. Pero el destino juega con nuestros anhelos y sabe cómo quebrar las ilusiones.
Las piernas toman coraje y cruzamos la calle cuando el monstruo gris nos muestra la luz roja. El supermercado chino está unos metros. Aparentan estar cerrados para cumplir la ley seca nocturna, pero siempre hay una ventanita milagrosa. No sé que le digo al chino pero segundos después retorna con una petaca de Mariposa. Con el frío que hace y tiene puesta solo una camisa, yo apenas puedo darle la plata con los gruesos guantes. Prosigo la peregrinación mientras miro el licor ambarino a trasluz de un farol y me pierdo en él como hace dos años en los ojos de ella. El trago me devuelve a la tierra de los ¿vivos? La dulce melaza corre hasta el estómago empalagando todo a su paso. El calor reactiva a la sangre. Al segundo trago ya no siento nada.
Ahora me encuentro a menos de cien metros del destino final. Las mil y un voces no dejan de gritar. El torbellino que provocan obliga a detenerme y contengo la cabeza intentando que no estalle. Por instinto elevo la mirada al cielo nocturno donde ninguna nube se interpone entre las estrellas y el alma. Con los ojos nublados los astros alargan sus rayos luminosos y lo envuelven todo como tentáculos de una divinidad olvidada. Me pierdo entre su entramado cósmico y trato de asirme, buscar salir de esta tierra que se empeña en romper mi voluntad. El rugido de dos esferas rompe el hermoso hechizo.
Estoy parado en la encrucijada, donde tres esquinas chocan con el paso a nivel de Villate en la solitaria estación de tren de Munro. El silencio es casi absoluto, solo perturbado por algún animal callejero. Clavado en mi lugar, cual estatua harapienta, miro las barandas rojas y blancas de la vía. Inevitable es no recordarla a ella sentada sobre una, esperando a que la busque. ¿Cuántas veces he gritado al cielo preguntándome por qué ese día no me esperó? ¿Cuántas lágrimas intentaron lavar mi dolor al rememorar la imagen de su cuerpo devorado por las malditas esferas? El estruendo de la bestia bufando junto al cuerpo inerte. Toda la película en cámara lenta, una y otra vez.

Continuará... (en papel)

miércoles, 15 de febrero de 2017

La Calesita - MARCELO RUBIO - San Martín

                  Funcionó, no por mucho tiempo, en la esquina de Avenida San Martín y Pedriel (Partido de General San Martín) una calesita a la que la tradición popular llamó “la maldita”. El carrusel llegó desde Francia en los años cincuenta, pero no fue puesto en funcionamiento sino hasta fines de los sesenta, cuando alguien encontró la caja en el puerto de la ciudad. Lejos de ser un trasto, la calesita poseía paneles pintados al óleo, con imágenes de distintos reyes europeos en el momento de su niñez. En el piso superior había retratos de varones, como el de Felipe el Hermoso, Luis XV, o el mismo Fernando IIV. El sector bajo era para las damas, una casi irreconocible María Antonieta compartía lugares con, por ejemplo, Sisí de Austria. Cuando la calesita giraba las pinturas de reyes infantes pasaban a mostrar sus rostros de adultos. Realmente el trabajo del artesano que pintó aquellos cuadros fue perfecto. Además de este detalle, el carrusel tenía caballos de madera con colas de cerdo, cebras con cabeza de oso, y puercos con alas.
            La calesita fue inaugurada un 25 de mayo de 1968 con una banda de seis músicos que recorrieron el barrio invitando a todos los niños. Si bien la cantidad de gente fue importante y terminó por sobrepasar las posibilidades del predio, no hubo niño que aquel día no diera, al menos, una vuelta gratis. En esa misma jornada comenzó a gestarse la idea de la maldición de ese carrusel. Todos los que subieron a la calesita, bajaron de sus vueltas con la ropa más corta. Esto es, por ejemplo, que un pantalón que al subir llegaba al borde del zapato, al bajar quedaba a la altura del tobillo.

            El dueño del divertimento, para alejar esa mala fama puso, a ojos de los vecinos, ropa colgada en las distintas figuras e hizo girar el carrusel. Pronto demostró que lo de la ropa que se achicaba era una fantasía de la gente, ya que al detener la calesita, las prendas colocadas allí estaban del tamaño exacto.
Sin embargo, dos semanas después de la inauguración, un niño llamado Ezequiel Rojas, de cinco años, subió al carrusel a las once de la mañana, dio cincuenta vueltas, sacó diez veces la sortija, bajó a las doce y cuarto; la ropa le quedaba ridículamente pequeña, pero él ya no tenía cinco años, ahora era un muchachote de veinte. Nadie encontraba explicación al fenómeno: la ropa no se achicaba, la gente envejecía como aquellos cuadros de reyes infantes, y por más que la calesita se detuviera no se volvía a la edad primitiva. Ya nadie quería subir, solo algunos chicos que querían ser grandes de golpe para acceder a algunas prohibiciones menores. Una tarde un hombre de unos treinta años trajo a una piba de quince años y tras varias vueltas se fue con una chica de diecinueve, evitando así condenas sociales y judiciales.
            Se hicieron análisis sobre la calesita, algunos arriesgaban que el eje de giro estaba colocado justo sobre el eje central de la tierra, y esto provocaba el andar más veloz del tiempo. Algunos buscaron la justificación en la velocidad del giro y otros prefirieron encontrar una explicación en el cruce de distintas variables matemáticas. Hubo quienes dijeron que después de determinadas vueltas los niños comprendían lo absurdo y monótono del juego y maduraban, pero este alegato no daba una explicación a los cambios físicos.
            Lo cierto es que la calesita maldita cerró, el terreno quedó desnudo por años, el dueño se puso un kiosco en Flores. Y el miedo a subir a los carruseles cesó con el andar del tiempo.
            Algunos dicen que la calesita que supo funcionar en el parque de Los Andes era inversa a la conocida como “la maldita”: uno subía y al bajar tenía menos años. Pero yo mismo comprobé esa falsedad. He dado ciento de vueltas, y nada. Juro que absolutamente nada he desandado de mis años. Es cierto, eso sí, que en cada vuelta pude revivir aquella sensación de increíble diversión que sentía cuando era niño.

martes, 7 de febrero de 2017

Los siete de Satán - GRISELDA PERROTTA - La Reja

           
Lucas buscaba dónde tocar tranquilo su batería, no más. En casa imposible y hasta empezaba a dudar para qué la habría comprado. Alumno de Venière desde hacía años, había conocido en su cochera acustizada el sabor del metal. Venière, que vio el águila en el pichón, lo alentaba invitándolo a pasar cada día después de la escuela y lo dejaba practicar el tiempo que quisiera, sin cobrarle ni confesar lo obvio: Lucas era su único alumno. Alentado y teniendo condiciones, el chico empezaba a decir que quería dedicarse a la música. Había ahorrado desde siempre, los puchitos y no tan puchitos que recibía en cumpleaños y navidades, y con eso se decidió.
Un día cualquiera llegó a su casa con el instrumento para recibir de sus padres, directamente, una carcajada. Y que se olvidara de usarla ahí, que sabía lo que pensaban de esos tamborcitos.
Tocar en casa era una tortura, se entremezclaban con la práctica portazos, música melosa a todo volumen, guerras del silencio, gritos, más música melosa —principalmente bachata—. Fue todo tan tenso, y profunda la vocación, que pronto se supo, la convivencia no iba a durar. Plantearon maduramente sus padres que, después de todo, ya tenía dieciocho años y, si tenía convicciones, era libre de ejercerlas en otra parte. Para fines de noviembre, cuando las clases ya habían terminado, le dijeron que se buscara un lugar para él y su batería.
            Lucas llegó a Venière compungido, volando en ira y desarraigo. Y orgullo. Venière, músico de ley recién entrado a sus sesenta, se jactaba de haber sido de joven un rockstar salvaje local. De la zona de Haedo. Un “Local Wild Rockstar del Oeste”, como anunciaba el pirograbado en la puerta. Guardaba remeras, tazas y prendedores con esa frase sobre la foto de un Venière joven, con pelo y diez kilos menos. Y había visto casos como el de Lucas, cientos. Eso le dijo.
            Ofreció alojarlo un tiempo con su batería, a cambio de que ayudara con la casa. Y eso hicieron. Mantenía con sus padres contacto esporádico, solo telefónico, y ellos se contentaban con saber que Lucas estaba con su profesor y dónde era la casa. Solitario, sin amigos que lo buscaran o se preocuparan si desaparecía, solo hablaba con su novia María Eugenia, una chica bastante más joven a quien veía los sábados a la tarde únicamente y que no tuvo mucho que decir de la mudanza.
            Estuvieron así mes y medio, y un día, en lo que tardó en untarse un pan, Venière le comentó de un grupo que tenían unos amigos suyos. Buscaban a alguien con su perfil. A cambio de una habitación podía ocuparse de la casa, cortar el pasto y cuestiones de ese tenor. Era un lugar apartado y lo recibirían con su batería, le dijo. Lucas escuchaba y se iba armando el cuadro de una banda setentoide, músicos maduros, gente de la que aprender. Aceptó, fantaseando que podría tocar todo el tiempo, concentrarse, hacerse un profesional. Hasta veía muy vintage que vivieran todos juntos, pintoresco, y él a veces se sentía un poco así.
            Informó a sus padres del asunto y que el lugar no tenía teléfono, según Venière. Ellos viajaban todo el verano y eso evitaba la necesidad de simular preocupación o cualquier otra cosa. Solo aclararon que fuera pensando cómo pagarse el celular porque eso ya no era cuestión suya. La otra parte fue María Eugenia. Le dijo que iba a estar un poco más lejos pero se las ingeniaría para seguir viéndola los sábados a la tarde. Con ella quedaron en dejar pasar dos semanas hasta estar asentado en la casa nueva, y encontrarse en Castelar el primer sábado de febrero, a las seis.
            Un lunes a mitad de enero, Lucas estaba listo para mudarse. Venière organizó todo, hasta lo alcanzó en su Dodge negro a donde lo esperaban.
Era en La Reja, un predio enorme, y pasando la tranquera anduvieron quinientos metros en tierra para llegar al caserón. A medida que se acercaban, Lucas notaba que el cielo se oscurecía como cuando hay tormenta. Pero no había. Cuando estuvieron en la entrada ya parecía noche aunque eran las cinco de la tarde. Ninguno de los dos habló.

Bajaron del auto y caminaron a la casa: piedra negra, baja, en un solo piso, una única puerta a medio punto, roble macizo. Sobre la pared una cruz invertida hecha en hierro y al lado, en letras de madera, se leía: Los Siete de Satán. “Góticos”, pensó Lucas, “ropa de vampiro, caras maquilladas, tono cementerio…podría ser peor…salsa o reggaeton…”. No era su estilo favorito pero podría adaptarse.
            —Seguirán durmiendo —dijo Venière y empujó la puerta. Sin llave.  
            Adentro estaba a oscuras y entraron. Venière hizo a Lucas señal de que se sentara mientras encendía un farol, y se sentó él también. Así veinte minutos estuvieron.

Cuando ya era incómodo se abrió una puerta corrediza camuflada en la pared y empezaron a salir hombres de distintas edades con la piel blanco verdosa, algunos pelados, otros de pelo largo, unos gordos y otros desgarbados, todos con ojeras y usando tapados de terciopelo negro sobre camisas con volados blancos. Eran siete.
            Se levantó a saludar y Venière los presentó.
—Este es Lucas —y hablándole a él— estos son —hizo una pausa y cambió a un tono más grave para nombrarlos— los Siete de Satán.
Le pareció de mal gusto que no le dijera los nombres, e innecesario que estuvieran disfrazados. Igual dijo gracias, y haciéndose el amable preguntó:
—¿Música gótica? —los siete, la vista fija, lo miraban sin responder. El chico insistió: —El grupo, música gótica, ¿no? —. Hubo risas.
            —No, querido mío, no. —dijo el más grande, que agregó— Bienvenido, este mes yo estoy a cargo.

Y sin preámbulos le habló del cuidado de la casa, la ausencia de luz eléctrica, sus tareas, y le mostró dónde iba a dormir: todo el sótano. Ahí entrarían sin problemas sus cosas, su instrumento. Podía tocar cuanto quisiera y el baño que podía usar era el que estaba abajo, le dijo. Después, solemne, le pidió que levantara la mano izquierda y jurara cuidar de la casa, no hacer preguntas y no divulgar lo que viera o escuchara en el lugar. Agregó que de día no los cruzaría nunca, y de noche debía permanecer en el sótano. Podía tocar, dormir, comer cuanto quisiera de lo que había en la casa, pero nunca, bajo ninguna circunstancia, abandonar el predio hasta el final del verano.
Lucas lo escuchaba como a un demente, a veces la música con el tiempo hace ese daño a las personas, pensaba. Se dijo que para fin del verano terminaría todo y hasta consideró buscarse un trabajo. Juró sin convicciones, para que lo dejara tranquilo su anfitrión, que recalcó:
            —Insisto: no puede retirarse del predio hasta el final del verano.
            —Pero en dos semanas me encuentro con mi novia —dijo Lucas sin pensarlo.
            El hombre no se movió, ni un músculo suyo, pero los ojos le cambiaron de color a un rojo opaco, seco. Muerto. Solo eso. Y repitió:
—Hasta el final del verano.
 El techo bajo y las paredes abovedadas se encargaron de convertir lo que dijo en un eco. Le hizo como una venia y se empezó a alejar.

             Lucas no insistió. Iba a encontrarse con María Eugenia igual y no quería levantar sospecha, algo se le iba a ocurrir.  De puro vicio, sacó de su bolsillo el celular. Notó que no había señal.

Continuará (en papel)

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Engendros y Fantasmas - FLORENCIA VALENTE Y MARTÍN KOLODNY - San Fernando

           Gonzalo y Marisa. Ahora puedo decir que fueron dos engendros del Diablo, pero en aquella época me parecían tiernos.

Me crié en San Fernando. El agua, las islas, los barcos, el rugby, los asados, la vida bien. Tuve cuatro hermanos: Angélica, Evangelina, Gonzalo y Martín. Todos fuimos alumnos del San Martín de Tours y la plaza Mitre fue nuestro lugar de juegos al atardecer. Así fue hasta que papá murió.

Evangelina fue la primera en volver a la prehistórica casa de mi abuela, en Alsina y Sobremonte. Tenía dos pisos. Arriba, las habitaciones de todos; abajo, cocina, comedor, dos baños, un living inmenso y el “cuarto de los juguetes”; atrás, el patio con la pileta y, del otro lado de la medianera, el hogar de ancianos “San Remo”. Durante nuestra niñez, ese asilo fue la imagen de lo lúgubre: oscuro, descuidado, con baldosas grises de granito en todo el pasillo e inmensas puertas de hierro oxidadas con vitrales gastados. Entre los viejos que vivían ahí estaba Leonor, una señora de mediana edad que caminaba con un bastón amarillo y siempre se paseaba en bata. Era una de las pocas afortunadas que día por medio recibía visitas. Marisa llegaba siempre puntual: a la una y cuarto, cruzaba el portal del frente como un rayo y esperaba en el fondo de la propiedad que oficiaba de jardín a Leonor Galaretto. Charlaban durante horas. A veces jugaban al chinchón, otras leían en voz alta frases de Shakespeare y, en ocasiones, bailaban algún tema de Los Wawancó. Siempre se despedían con un abrazo que duraba como dos.

Nosotros, los cinco hermanos Howard, no podíamos evitar espiar ese ritual. Chusmeábamos desde el escalón que construimos para poner nuestros ojos a la altura necesaria para convertirlos en testigos de esa afectuosa relación.

Marisa era una linda piba, aunque más histriónica de lo que mi preferencia soporta, pero simpática y agradable. Gonzalo era introvertido y excesivamente correcto en sus modales. Era travieso, pero tenía límites bien autoimpuestos. Martín siempre lo molestaba diciéndole que era adoptado porque los demás Howard éramos unos verdaderos incivilizados a pesar de la educación formal que se nos proveía. María y José. ¿Podés creer que nuestros viejos se llamaban como los de Jesús? Pareja ejemplar: atléticos, bellos, jugaban al bridge, iban al club cada domingo. Mi familia era una verdadera institución en el San Fernando Rugby Club, donde mis hermanos se entrenaban y los demás hacíamos sociales. Era prácticamente inviable que alguno de mi estirpe se mezclara con los que vivían traspasando el límite de la civilización. Quienes no llevaban uniforme cuadrillé para ir al colegio estaban fuera de nuestro radar. Marisa vivía en el barrio Ferroviario. Lo supimos una vez que Gonzalo se escapó de casa para seguirla. La primera vez que mi hermano la había visto se le dilataron las pupilas más de lo normal y entonces supimos que le gustaba.

Una mañana de abril de 1991, papá lavaba el auto en la puerta. Nosotros jugábamos a su alrededor, entre la manguera y los baldes. Se acercaba la hora de la visita de Marisa y vimos como Gonzalo, que tenía entre sus manos “El Principito” de Antoine de Saint Exupéry, aprovechó para sentarse en el escalón de la fachada del “San Remo”. Ella se topó con él, bajó la mirada y le dijo con suavidad: -¿Me dejarías pasar, por favor?-.Y ahí vimos el chispazo, casi que lo escuchamos resonar: Gonzalo y Marisa se habían enamorado. A partir de ese día, el ritual de espiar a Leonor se convirtió en pispear la interacción de los tortolitos. Mi hermano siempre esperaba a Marisa sentado en el escalón con un libro distinto. Ella llegaba corriendo a besarlo, eran dos idiotas. Pasaron los meses, llegó la primavera y el vínculo se volvió formal. Gonzalo y Marisa hicieron las presentaciones pertinentes. Mamá la odiaba y disimulaba pésimo cuando la saludaba torciendo la comisura de los labios hacia la izquierda, en falsa sonrisa. A papá, en cambio, le era indiferente. Para los demás, Marisa era un ser extraño, objeto de análisis constante por sus características tan alejadas de nuestra cotidianeidad. Era de un barrio bajo, su papá era alcohólico y su mamá la había abandonado cuando era bebé. La había criado su abuela, Leonor.


En diciembre del año en que Gonzalo y Marisa habían empezado a salir algo ocurrió. Mi hermana menor, Angélica, desapareció en la tarde de Nochebuena. Había estado jugando en la casa de los Barragán desde el mediodía y Martín debía pasar a buscarla por el chalet de tres pisos que ostentaban los chicos más lindos del barrio, en la calle Pocitos, casi en la esquina de Urquiza. Mamá había sido clara:
—No te vayas a olvidar, Martín, por favor. Pasá a las cinco porque después se van y no quiero que tu hermana sea una carga.
 Martín, el obediente, era mi único hermano de pelo castaño entre los Howard rubios. Llegó puntual, tocó el timbre y mi hermanita salió a su encuentro. Empezaron a caminar de la mano por Díaz para llegar a la avenida Irigoyen y pegarle derecho hasta Sobremonte, pero a la altura de Urcola, mi hermano escuchó una voz que lo llamaba. Creyó reconocerla. Era Marisa. Le preguntó si iba para la casa. -No-, dijo ella y le explicó que sólo hacía un mandado. Se le acercó, lo besó y se fue. Por un momento, Martín quedó shockeado, pero le devolvió el beso. Ninguno de los dos se atrevió a soltar la más mínima palabra. En menos de cinco minutos, ella giró sobre sus pasos y se alejó y el boludo perdió de vista a mi hermana, con los ojos pegados a la pollera fucsia de Marisa. Al notar que Angélica ya no sostenía su mano, empezó a gritar su nombre al tiempo que repetía en su cabeza el discurso que tendría que inventarle a mi mamá. No podía contar la historia cómo había sucedido. Caminó desesperado en círculos y luego de dos horas sin resultados, no le quedó más remedio que regresar a casa a enfrentar la situación.

Continuará...

lunes, 12 de diciembre de 2016

Otra noche en Jesse Joyce - GISELLE ARONSON - Haedo

En 15 minutos va a ser la medianoche y, aunque sé que estoy llegando una hora más tarde, también sé, por lo mismo, que voy a llegar temprano.
Desde el vidrio delantero del remise ya se ven las luces de Jesse Joyce, el nuevo megaimperio de la movida literaria tropical: neones alrededor de la fachada y, de la terraza, dos haces jolivudenses de luz blanca atraviesan el cielo de la noche de Haedo y se pierden en el abismo y en la vista.
Le pago al remisero y veo que ya se formó cola en la puerta. Las noches de los viernes son de los de treinta en adelante y esa es la edad promedio de los que esperan su turno para entrar.
A cada lado del portón, dos profesores de letras me hacen las preguntas de rigor: quién escribió el Quijote y quién El entenado. Acredito mi aptitud para entrar y, cuando los profes me abren paso les suelto: “igual venía a leer, chiquis”. Todos nos reímos.
Adentro, el boliche está a medio llenar. Desde la barra, Flor, la anfitriona, me hace señas y voy a su encuentro. Nos abrazamos, me cede su trago y me acompaña al vip. Allí me reúno con el resto de los lectores de la noche. Acordamos las ubicaciones de cada uno. Me asignan la tarima a la izquierda del escenario.
Mientras esperamos la hora indicada, conversamos con mis compañeros de show sobre las novedades editoriales e intercalamos con rumores del ambiente. Es sencillo, nos conocemos todos y lo que no se sabe, se intuye. Y si no, se inventa, que para eso somos escritores.

Todos consensuamos no mencionar al maestro: ni su nombre, ni su apellido ni nada referido a su obra. Flor nos avisó que hace varios fines de semana, entre la gente, se esconden sus abogados y su viuda. Nos asombramos, no sabíamos de las costumbres trasnochadoras de la señora. Dice Flor que están atentos a cada lectura, no se pierden una palabra. Que han llegado a cuestionar la aparición de vocablos como laberinto, espejos, tigre, biblioteca. Que nunca, hasta ahora, reaccionaron ante esas palabras pero que tenemos que ser muy cautos con respecto a su nombre, el título de alguna de sus obras, algo así.

Continuará...

viernes, 9 de diciembre de 2016

Camino Negro - DIEGO X - Camino Negro

Minutos antes de morir Carlitos me había dejado un número de celular. Podríamos decir que lo escribió con sangre en su brazo derecho en un código intrínseco, pero ya estamos cansados de eso; o que me lo dijo en arameo antiguo y al revés, pero quién se cree ese tipo de historias. Ya lo sé, todos alguna vez compramos un poquito de eso y otro poquito de algo peor. Basta de mentiras. Violines: Carlitos afirmó antes de expirar: “Es el número de Dios, llamálo”.
Pasó un mes hasta que me decidí a llamar al número que me dio Carlitos, un poco  porque  soy ateo y otro porque no me olvidaba del sentido de humor de Carlitos. Sin embargo, Carlitos ya no  podía reír de mí. Entonces, llamé:
—¿Hola? ¿Dios? 
—¿Quién te dio mi número? 
      —Carlitos, el pibe de la moto, el que lo atropelló un remisero.
      —¿Quién? ¿Qué moto? 
Yo había pensado que tener el celular de Dios era una ventaja enorme para un contrabandista como yo.   Corté. Tenía que trabajar y no iba estar perdiendo el tiempo con un tipo que no se acuerda de su propia gente, quién le dijo que abarque más de lo que puede.

La mudanza fue placer. Era ver las sillas caer en paracaídas, el aterrizaje de las mesas y sus alas replegables, la heladera tele-transportándose sola hasta la caja del camión. La cocina ala delta, el microondas aerostático y los libros que se abrían y volaban y se posaban unos sobre otros, ordenaditos; las ropas que se vestían de personas invisibles y se metían obedientes en las bolsas de residuos. Qué tengo que contarles de los platos voladores que habían aprendido a volar hace tiempo, y las sábanas fantasmas que nunca asustaron a nadie. Las bicicletas y los ventiladores; no necesitaron el menor esfuerzo. 
Doblamos la casa y la metimos en el camión. Lo difícil fue cerrar la puerta de la casa, porque cerrar la puerta en asuntos de mudanza, es, un cerrar la puerta para siempre. Un “no olvidarse nada”, una escalera que sólo sirve para bajar, un seleccionar Recuerdos, dejar algunos, y llevarse otros. Pero lo bueno de los Recuerdos es que entran en cualquier parte. 
Siempre el que apaga la luz, el que gira por última vez la llave en la cerradura se enfrenta a esa clase de tribulaciones. Y cuando todo está listo, alguien grita: “Yo cierro, quiero ir al baño”. Esa persona, ese papel, siempre ha sido reservado para mí. 
Y acá estamos, clavados en Camino Negro, un viernes a las seis y media de la tarde, en lo que llamaremos un “embotellamiento premeditado”. Todavía masticaba el Recuerdo que me tocó al cerrar la puerta, y apareció la primera ambulancia que pedía permiso, como piden permiso las ambulancias, con las sirenas a full y poniendo la trompa. Y la solidaridad de dejarla pasar, y el pistero que se abre paso detrás, que “no llevan a nadie”. Después, no perder un solo centímetro del territorio ganado, esa lenta carrera contra nosotros mismos. Botellas vacías. Otra ambulancia, y después otra. ¿Están pensando lo mismo que yo? Estas ambulancias no llevan ningún herido y ni van al rescate de ningún accidente. Pero las botellitas vacías se abren como si viniera Moisés huyendo de los muchachos de Egipto. Y un mar Rojo de botellas…
Yo no vengo de acá nomás, mi trabajo es así, hay que patear y patear por todo el conurbano buscando Recuerdos. Un secreto: generalmente, los encuentro en los geriátricos y en los velorios, ahí los compro por nada, aprovecho que la gente está confusa y vulnerable. También los barman de las cantinas de las estaciones de trenes, me pasan data de algún desesperado que necesita guita porque se la gastó en chupi o se la tomó toda. Éstos, en general son buenos Recuerdos, aunque algo difusos y atormentados, pero son baratos. Y después hay que venderlos,  y vender Recuerdos no es como vender falopa. Si te agarran vendiendo Recuerdos te dan perpetua, y encima en la gayola te tratan peor que a un violador.
Desde que la turra de Chiche es gobernadora y mandó el decreto ese, el precio del Recuerdo subió más que el dólar y la situación se puso tensa, están todos paranoicos. Por eso a veces hago alguna mudanza (como ésta) y con carpa me llevo algunos Recuerdos para Guernica. Hoy vengo de San Isidro, crucé todo Buenos Aires por Camino de Cintura mirando de reojo la Capital (donde hay pena de muerte por traficar Recuerdos) De norte a sur, y aquí estamos, viendo pasar ambulancias en Camino Negro, y encima nos cayó la noche.
El problema es que los Recuerdos se despiertan por la noche y pierden valor cuando se abren antes de tiempo. Son como huevitos de seda, para que me entiendan. Se van abriendo como en retazos; éstos que tengo acá, son de lluvia, de ser sorprendido por un aguacero en la costa de San Isidro, de sexo en los balcones, de barcos que tiritan camino al Uruguay. Los Recuerdos del Norte suelen ser siempre ideales, con final de sonrisa abierta, con la sensación orgásmica mirando al techo. Un sonido perfecto, una banda que toca, un baño limpio. Una rubia de rodillas… En el Sur los Recuerdos se imponen, aparecen en la sombra de los semáforos, en el miedo de un camino negro. Cada esquina es una pequeña batalla; en cada esquina hay una lucha con el olvido, y por eso en Villa Paris o en Gendarmería, los Recuerdos valen más que nada en el mundo. Ya no vienen con lluvia si no con frio. Una pareja abrazándose en la estación de Alejandro Korn. Un frío insobornable. Son Recuerdos de fiesta turbia, de reservados, de vómitos, de no saber cómo volver a casa, de algo qué pasaba en el baño de mujer. Son así, el Recuerdo del Sur es diáfano, como onírico…, uno no está seguro de que haya ocurrido alguna vez. Unas líneas que tú amiga hace sobre tu vientre sinuoso, y que aspiro como un tren que pasa un puente y desaparece. En el Sur, no hay estrellas ni barcos lejanos que saludan indiferentes. En el Sur todo te mira fijamente a los ojos, lo bueno y lo malo viene en el mismo vaso, en esa misma bolsa, sin parpadear. En el Sur la gente espera en los andenes, sin saber si son ellos los que esperan, o es el vago Recuerdo de que alguna vez estuvieron allí.
Ahora una lancha de la yuta de Chiche se nos puso atrás, guardé rápido los Recuerdos en la guantera. A simple vista, no son nada, son invisibles, se ponen en frasquitos, pero si se agitan un poco o se abren, ahí sí, uno empieza a recordar. Recuerdos ajenos. Y ahí está el porqué, uno recuerda cosas que nunca vivió, y que tal vez, nunca vivirá.
 Salvador (que manejaba) apagó el porro y me miró impasible, como si ya estuviera acostumbrado a situaciones como estas. El patrullero se nos coló atrás, como si una soga invisible lo tuviera amarrado a la F-100. Sin ningún descaro ni disimulo; estaba seguro que el pajarraco del barman le batió a la yuta. Los Recuerdos que traíamos no eran moco de pavo, eran Recuerdos inéditos (los más cotizados en el mercado), ya que son de personas que han padecido alguna especie de amnesia, y que  nadie puede reclamarlos. En definitiva, teníamos un dineral.
En ese momento, miré el celular y se quedaba sin batería. Decidí llamar a Dios una vez más. ¡De algo tenía que servir tener el celular de Dios!
—Hola, Dios. 
—¡Otra vez! 
—Discúlpame que te colgué hace un rato, es que te noté poco predispuesto al dialogo. Estoy acá en Camino Negro y te quería consultar, tenemos una lancha atrás, tal vez, vos, me podrías decir qué hacer… 
—¿Camino Negro? —el tono de Dios era realmente para mandarlo a la mierda. 
—Argentina, Maradona, ganadores de Oscar. 
—Ok. La ironía del escéptico. 
Me colgó.


Continuará...

lunes, 5 de diciembre de 2016

Realidades - ESTEBAN DILO - La Plata

El 202 no venía y yo estaba perdiendo las ganas esperarlo. Pero, como siempre, esperé un poco más, igual no aparecía, igual me quedé a esperarlo. Siempre pasaba lo mismo, mi inseguridad por irme y que pase el muy forro me dejaba clavado en la esquina, tibio, gris o simplemente como un pobre pelotudo pobre.
Me puse a leer las propagandas que estaban pegadas en el poste de luz y entre tarotistas y electricistas una frase se coló entre mis pensamientos cotidianos:
«Sea realista… pida lo imposible. 0-800 realidad»
Me quedé mirando el número y por un segundo toqué el celular. Después recordé que lo imposible lleva más realidad a mi vida que lo que verdaderamente vivo y marqué el número. Sonó una vez y me atendió una dulce voz que habló de corrido.
—Muy buenas noches, bienvenido a Sea realista, pida lo imposible. ¿Cómo va su día, Gastón? —me quedé esperando que la máquina repitiera la frase pero me volví a quedar mudo.
—¿Gastón… está ahí?
—Eh, sí. —No le pregunté cómo sabía mi nombre para no caer en otra parte tibia mía.
—Usted llamó, usted me dice. ¿Por qué se comunicó con nosotros?
—La verdad porque el 0800 es gratis, pero la realidad es que me llamó la atención la frase, y yo últimamente…
—Sí, ya lo sabemos, anda padeciendo la realidad. Le comento rápido cómo es esto: en la época 2.0 no podemos ofrecerles lámparas árabes a todas las personas que queremos ayudar y, por eso, como todos tienen el acceso al teléfono podemos darle la oportunidad que pida lo imposible.
—¿Y la parte de ser realista?
—La parte de la realidad se la dejamos a los clientes, nosotros no nos metemos en esas cosas por un tema de acelerar el proceso de la concesión imposible.
—Y hablando de lámparas, ¿cuántas cosas puedo pedir?
—Una, la realidad es una sola, Gastón. Solo depende del ojo del cliente.
—Hmmm, está bien. —Me reí por dentro, estos enfermitos deben tener una cámara oculta o tienen una base de datos básica que desean ampliar con pelotudos como yo. —Algo imposible para mí hoy en día sería ver a mi tío Pocho.
—Usted entiende que su tío Pocho está muerto ¿verdad?
—Claro, por eso se lo pido.

Continuará...

viernes, 2 de diciembre de 2016

Matar a Lucía - LUIS PALACIOS - Valentín Alsina

Si vieras mi cara como una catarata de recuerdos ansiosos. Si mis deseos ya no se fueran con vos. Si mi amor fuera como el tuyo, como ese cuerpo incendiado en el penal, ahogado por los colchones en llamas. Si tus luces fueran los imanes de mis luces. Si la mortaja de mis noches ya no estuviera tejida de rituales espesos. Si la crucifixión de la impostura fuera hecha de tus clavos. Si tu boca no fuera tan esa boca. Si mis cruces fueran los imanes de tus luces. Si el acontecer del tiempo por fin se sometiera a nuestras tensiones percepciones. Si nos anudáramos cinco minutos más, si nos miráramos cinco minutos más. Si esa claridad masticable ya no naciera de mi necesidad. Si tanta magia ocurrió, otra tanta nos llevara al mañana. Y el espejo, lejos.
Aislado tres días, tres días fuera de toda concepción, tres días con el pulso en el mundo y mis vuelos al ras de una sensibilidad inaccesible, arenosa. Se va desmoronando a medida que mi aliento la sobrevuela y es cuando vuelve a tomar una forma novedosa. Entra a los estados como un guante, adecuándose integralmente aun llevando a la superficie esa delgada incomodidad que dibujaba la escena del tipito distinguido en un concierto de vulgaridad. Hay lugares donde la belleza resulta tan ridícula, que necesitas mutarte alrededor del todo para transformar el instante.  Y los castillos se reconstruían cada vez que la Lucia hacia bailar las zapatillas con las piernas cruzadas. Adoraba esa cara al cielo y el reflejo de los anteojos en el cielorraso, me hacia abandonar tajantemente la búsqueda de significado de las cosas.
Jamás pude ver cuando empezaste a tener miedo de entrar a mi casa. Jamás medí los hechos en variables de vulnerabilidad pero supe hacerla un buen argumento. Todavía siento los rastros de aquellas noches de Caín y Abel, noches en que a la dualidad le crecen los colmillos y te identificas tan intensamente con tu pasado. Pero estas cosas pasan cada mucho tiempo, eso de que un mundo nuevo crezca geométricamente sobre las ruinas de otro semidestruido y decadente, ridículamente bíblico. Quien se animaría a soportar temblores semejantes. Jamás pude ver cuando empezaste a tener miedo de entrar en mi casa. Se que al abdicar se ciñen otro tipo de coronas, de las que aprietan donde las revoluciones parten. Se que pensarías que es triste pero cuando siento que nada puede quebrar la monotonía, tus latidos me salvan, aquellos que destellan al borde de la mesa verde. Hay algo de ese momento que ha hecho una impresión genética en mi campo visual, y para esquivar el frío bisturí de tu silencio tuve que volverme el silencio mismo. Jamás pude ver cuando empezaste a tener miedo de esta casa.
Noche de dominante en superchería, puedo acomodarme en lo elástico de esta noche. Ir estirando, forzando la piel de látex, someterla a una presión tal que no hay posibilidad de no ver lo que hay del otro lado. Ese mismo, es el efecto que me producía el mirarte. Se que sos la excusa perfecta para manipular mi pasado hasta volverse a mi favor. Jamás olvide cuando me habías dicho que el día que leas de mi algo feliz vos también lo ibas a estar, y capaz que haya charcos que necesite empezar a saltar. Me mirabas en el colectivo y decías que no sabias porque me besabas, que no eras así. Yo nervioso, no podía pensar, mis pensamientos suelen ser algo a lo que recurro cuando percibo el reflujo de mi propia residualidad. Jamás entendí nada en realidad y la presencia de magia es inversamente proporcional al porcentaje de lógica con que cargo el tiempo. Hacia calor ese día, las verduras en la bolsa de mercado acompasaban nuestro poderoso vaivén. Hacia tiempo que sabia que me ibas a asustar, pero no con ese caudal perturbador de claridad, esa que ahí bailando un bolero mecánico me definía como una pequeña lejanía de la realidad, como el primer bostezo de la mañana, ese de despertar, como la abstracción de tu cara resaltada en el reflejo de la ventanilla. Caí en recordar, días antes de conocerte, a Elvira. Bajo la misma ventanilla le confesé que ya sabia que me ibas a asustar. Luego me recordé diciéndote de lo feo de las palmeras en la circunvalación, algo sobre el viento la tierra y la humedad, me diste la mano y las ventanillas se tornasolaron todas, y así por un segundo percibí el susto. Tus pecas y esa claridad expandible y tu nariz apuntando siempre hacia lo puro. Fue ahí cuando comencé a despellejarme de ese microcosmos identificado con el antagonismo, abriéndome hacia esa luz que me reflejaría una imagen sarcástica e incomprensible. Todavía no podía admitir lo bello de saber que ante un movimiento superior a nosotros las certezas transmutan. Ay cuando no ves las certezas.
Entramos en la cocina, atravesamos un vaho húmedo, un residual aromático intenso en los azulejos de esquinas grasosas. Por un segundo me dio como una sensación familiar, a mi,  uno en eterno desarraigo, habrase visto. Disipándose como el humo esa adrenalina por los mares. Las cosas se sentían más reales con las chauchas sobre el mesón. Te cocine austeramente, con la palma límpida y olor a ajo, igual que vos. La sartén sostenía cautiva esa austeridad de tres colores en pleno aroma, como el de un recién conocido que ya se conoce. Me reía porque los ojos se te iban poniendo color romero y no te dabas cuenta porque leías aquella revista mientras comías pan. Y otra vez las zapatillas bailaban en la punta de tus dedos y lentamente me iba dando cuenta que jamás seré poeta, soy un instrumento de esa poesía. Y la magia ni siquiera éramos nosotros, era eso que se quemaba la esencia en un motor omnisciente, ese que nos reía, que nos acomodaba las respuestas mientras vos y yo nos reíamos por el buen vino. Ese mismo vino que nos caminaba por la calle, y siempre me preguntabas cuantas cuadras faltaban, como si dudabas de llegar. Y me cago en lo simbólico y en la belleza de aquellas respuestas que llegan a tiempo, porque llegan cuando deben llegar sin importar lo circunstancial. Vos ya sabias que no se puede apurar lo que no se conoce.
No te imaginas las caras de todos, la de ella, esa cara consciente de haberse abandonado al instante. No es por vos, le pensé, es una disociación que me atacó, como que no iba a ser, que no cerraba, algo así. Al mirarla a los ojos comenzó a derramarse ante mí el futuro que a ella se adhería. Puras ramas en el eje, construcción, resistencia, negociación, pasión, lucha y lucha hasta la abdicación; como quien lucha con el sindestino entre ceja y ceja. Niñerías que me besan desde la construcción de la incertidumbre. Me he dormido escribiendo, te pedía perdón por la bobera maravillosa de despertar, y tengo tres mil quinientas imágenes caóticas, y tengo que matar a alguien.

- ¿Matar a alguien?
- Sí.
- ¿A mí?

Continuará...

viernes, 25 de noviembre de 2016

Basural - VICTORIA MORA - Don Torcuato

El cana le clava el caño de la pistola en la nuca. Se le hunde apenas la carne. Siente el frío de esa presión. Tiene los brazos sobre la cabeza. Es de noche, la oscuridad está rasgada por la luz de una luna creciente. Cincuenta metros a su espalda dos patrulleros tienen las luces apagadas desde que estacionaron ahí. Lo que él puede ver, robándole claridad a la noche, es el basural que conoce de memoria. Un terreno baldío, con el pasto alto lleno de los deshechos que la gente tira. La vía de acceso o salida a la villa donde vive.  Su barrio se extiende detrás de los patrulleros lo bastante lejos como para que nadie pueda venir a darle una mano.
Sabe que es el fin. Se lo advirtieron: no es gratis dejar de laburar para la policía. No se resignó.  Ahora el caño en la nuca le dice que los otros tenían razón. Te lo dije Chino, le diría el Turco si estuviera ahí. Más que hablar, el Turco,  los cagaría a tiros a estos dos, piensa. Pero está solo, y el frío del caño presiona, apenas un poquito más.
Cuando siente la insistencia del caño se tira al piso a la vez que empuja a el cana. En un segundo se encuentra arrastrándose hacia adelante, se para y corre salta algunos restos de basura que se le interponen en el camino. Cuando corre escucha los gritos, las puteadas, vení acá cagón, negro hijo de puta. Suenan dos tiros, no sabe si son al aire o lo tienen cercado y le están errando a su cuerpo. Le duelen las piernas pero no para. Tiene que llegar a la ruta al otro lado del basural. Si llega se salva.
Mientras corre piensa en la nena, empieza primer grado. Y aunque lo sorprenda lo que más lamenta es no estar ahí para llevarla. Si la cosa sale bien y se escapa se va a tener que guardar. Y si la cosa no sale… prefiere no pensarlo. Está agitado. Llega al esqueleto de un auto abandonado hace tanto tiempo que ahí jugó de chico y se juntó más grande con los pibes.  Se mete adentro, calcula que unos minutos tiene. Está flaco y siempre fue un buen corredor. No había modo que el Turco le ganase una carrera. Iban de la casilla del Chino a la de la Vieja Sara justo a la otra punta del pasillo. Nunca pudo ganarle, hasta que se cansó. En la cancha era al revés. El Turco es un crack. Tiene unos minutos, al menos, los patrulleros no pueden entrar al basurero, imposible circular entre los montículos de mugre. Si quieren ir por él sólo les queda correr. Eso le da una ventaja, un pequeño margen por donde soñar una salida.


Pensó que si se cambiaba de zona iba a poder cortarse solo. Estaba muy mal. No había encontrado nada. Ni changas con José en la obra, ni de limpieza en los avisos que encontraba en los diarios. Intentó en un par de entrevistas para laburar de operario pero vivir en una villa es un ancla muy pesada. No declarar domicilio no es una alternativa. Los gritos de Mariana se le clavaban en el pecho que sos un pelotudo, que no cambias más, que la nena empieza las clases y no tiene una mierda para ponerse, que está harta de comer de fiado y que la almacenera la cague a puteadas cada vez que la ve. Él había apretado los puños, no quería gritarle, no quería volver a pasar por eso, los gritos, los empujones, los llantos. Salió y la dejó hablando sola en el punto justo en que los gritos  pasaban a ser lágrimas.

Continuará...

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Dumbo - LUCAS R. GELFO - Temperley

No sé. Te juro que no sé cómo, pero no me acordaba de nada. Era como que venía todo bien, la vuelta del trabajo en el colectivo, el chofer con bigotes. Hasta me acuerdo que el bondi estaba más o menos vacío porque había podido escaparme temprano del laburo. Había terminado todo, el escritorio acomodado, y ya no sabía qué hacer. Me tomé unos mates y la miraba a Marisa con cara de pollo mojado y me dijo sí, está bien, andate que no te soporto más con esa cara de tarado. Así que viajé re cómodo en el bondi por eso. Me acordaba de todo. Me había sentado al lado de una mina con pollera amarilla, tipo mini. Me acuerdo porque al verla la asocié con la canción. ¡No te digo que me acordaba absolutamente de todo, con detalles! Esa noche había cenado pollo al horno, con papas. Les pongo muzzarella y romero arriba cuando ya casi están, y después les doy cinco minutos más de horno para que se derrita. Me había acostado temprano, ni vino había tomado. En realidad, me había ido a leer a la cama y me dio sueño. Puse el despertador, dejé el libro en la mesa de luz, apagué, y listo. Hasta ahí, todo joya.
La cosa es que me levanté al otro día y cuando me quise poner las medias, ya estaba así, sin la mano izquierda. Imaginate, me agarró un ataque. Salí corriendo por la habitación, pero claro, no es como una araña que uno corre y se aleja. Cuando te falta una mano por más que corras, va con vos, entonces seguía gritando como un pelotudo por toda la casa. Un grito entre espanto, susto y sorpresa. Lo raro era que no me dolía. Me acuerdo que me agarré el muñón y estaba así, como ahora, redondito, como cicatrizado, pero yo me acordaba que el día anterior tenía la mano, que había subido al colectivo con las dos manos, que miré a la mina de pollera amarilla, que el pollo al horno lo preparé con las dos manos. Me acordaba de todo. Y estaba seguro que en todo momento tenía las dos manos.
Te juro que traté todo, pero to-do, y nada. Era como que venía todo bien, me acordaba de todo, y pum, me desperté así. Como que me faltaba un capítulo. De esto que te digo, habrán pasado no sé, dos meses ponele, tres capaz, y me tuve que acostumbrar a vivir sin una mano. Costó, pero no me quedó otra.
La cosa siguió. Hace, dos semanas habrá sido, me estaba por tomar un té. Yo tomo té en hebras, queda muchísimo mejor, nada que ver el sabor. Aparte, le podés poner lo que quieras, cáscaras de naranja, lo que sea. Aquella vuelta lo hice de jengibre, cardamomo y lemongrass. Queda de puta madre. Bueno, cuando voy a agarrar la taza, me vi que en el índice tenía dos lunares nuevos, como una mordida de Drácula, así juntitos. Éstos de acá, mirá, ¿ves? Primero me los froté fuerte, pensé que era mugre o unas miguitas. Y no sé bien por qué, esas cosas que tiene el bocho que no se explican, pero me puse a pensar en todo lo que había llegado a mi vida así, de una manera como inesperada, como los lunares, ¿me entendés? Todas esas cosas que habían llegado por sorpresa y se habían quedado para siempre en mi vida. Entonces busqué papel y una birome en la mesita del teléfono y me puse a hacer una lista.
Lo de la lista me lo recomendó la psicóloga, es un hábito que me quedó, como un ejercicio para calmar los ataques de pánico. Desde esa mañana que te conté, la que descubrí que me faltaba la mano, todas las noches tenía pesadillas. Soñaba que me faltaban distintas partes del cuerpo. Capaz un día soñaba que me despertaba y me faltaba el pie izquierdo, pero durante el mismo sueño capaz me volvía a dormir y cuando me despertaba tenía el pie izquierdo pero me faltaba una oreja. Cosas así, siempre me faltaba algo distinto. Me despertaba cagado en las patas, en mitad de la noche, sudando frío, empapado y con taquicardia, y me empezaba a revisar para ver si no me faltaba nada nuevo.
Bueno, la cosa es que me puse a hacer la lista. Lunares, el embarazo de Silvia, los dos implantes dentales, la cicatriz en la rodilla a los ocho años, el primer tatuaje, la fobia a las babosas, la amputación. Volví para atrás y taché tatuaje. Ese no había sido tan inesperado, vos y yo lo sabemos. Me dijo la psicóloga que una de las condiciones de hacer las listas es que sean sinceras, porque a la larga te mentís vos y es una boludez. Bueno, releí la lista completa y cuando llegué al último, casi por una transitividad que me pareció obvia, tuve que dejar un renglón blanco y en el de abajo anoté vieja gitana. Así, textual. Vos te preguntarás quién mierda es la vieja gitana. Bueno, eso mismo me pregunté yo después de anotarlo.
          Pará, porque la cosa sigue. Hace, ponele, una semana, estaba tomando una birra con el Pola. Hacía mucho que no nos veíamos, entonces le pregunté por la familia, los viejos, la hermana. ¿Te acordás lo buena que estaba? Bueno, entre una cosa y otra, me cuenta que al cuñado le había pasado algo muy raro. ¿Lo tenés al cuñado del Polaco? Sí, ese mismo, el pelado, bueno, justamente me contaba que era pelado desde muy joven, desde los veinte años más o menos. Yo no sabía, pero parece que viene de una familia de pelados: padre, tíos, abuelos, todos pelados como una rodilla. Y que un día de golpe le había empezado a crecer el pelo, de la nada, eso mismo dijo, de la nada. Primero pensé que me estaba jodiendo, viste cómo es el Pola, que le encanta meterle suspenso a todo. Pero no, y ahí vino lo increíble. Me dijo que al cuñado le habían pasado el dato de una vieja que tenía poderes. Ni bien dijo eso me largué a reír, basta Pola le dije, dejate de joder, a mí no me agarrás. Y él me juraba y perjuraba que no, que era en serio, que él mismo le había visto la porra que tenía ahora y no se podía creer.

Hasta acá, podía ser uno de los delirios del Polaco, porque el flaco se podía haber hecho un implante o uno de esos tratamientos que te sacan del culo y te los ponen en la bocha, qué sé yo. Pero bueno, cuando me dijo que la vieja ésta con poderes vivía por el barrio gitano de Temperley al fondo, en el límite con Mármol, ahí sí se me frunció todo. Fue cuestión de sumar vieja más gitana y me corrió un escalofrío por la espalda. Me debo haber puesto pálido, o cara de pelotudo, porque él se dio cuenta al toque. ¿Qué mierda te pasa? me preguntó, ¿la conocés a la vieja gitana esa, de cuando vivías por allá? Pusiste cara de que la conocías. Insistía. No Pola, qué mierda la voy a conocer, te pensás que el sur tiene dos cuadras, le contesté indignado y con mi única mano en el aire. Todos los de Capital se piensan que el sur es todo lo mismo. Y te juro que sentí que estaba mintiendo, aunque no sabía nada de la vieja esa.

Continuará...

miércoles, 16 de noviembre de 2016

No me gusta que le mientan a la gente - PABLO MARTÍNEZ BURKETT - Pilar

No tomes el nombre de Dios en vano; escoge el momento en que tenga efecto.
Ambrose Bierce
Trabajo en la cuadra de una panadería, en la otra esquina de la catedral del Pilar, justo donde la cúpula da sombra. Mis bollos son el consuelo del pobre y la compañía del rico. Mi vigilia es el sueño de los otros y mi sudor, la alegría de todos. Me multiplico junto al fuego para hacer feliz a la gente. La felicidad verdadera y no un simulacro recargado de prohibiciones como el que venden por ahí. Yo no tengo que disimular un ego atroz bajo falsos juramentos. Soy como soy. Todos lo saben. Y aunque los mercaderes esos siempre tuvieron mejor prensa, no me desanimo. Tengo mucha paciencia. Mi trabajo es moldear el deseo y convertirlo en un bocado apetecible.
Pero no todo es esfuerzo junto al horno. Cada tanto me consiento algún recreo. Desde que me acuerdo, las mujeres siempre fueron mi perdición. Hacía rato que la relojeaba en la Terminal esperando el 510. Era tan linda, flaquita, el pelo renegrido y bien tirante con una cola de caballo, cero maquillaje, unos ojazos y las manos, ¡ah, las manos! Samantha, que así se llamaba, me tenía hipnotizado con el aletear de sus manos. Oferta de caricia, promesa de consuelo, imaginaba sus manos navegando por mi espalda. Yo la codiciaba pero ella no me veía. Me ignoraba. Desentendida de mi presencia hablaba con unas compañeras de trabajo, que sí me conocían de antes. Entretanto esperaban el colectivo me acercaba furtivo. La voz cantante la llevaban las otras chicas. Ella mayormente escuchaba. La charla siempre rondaba sobre las penurias de la fábrica en el Parque Industrial, la enfermedad de una madre, un hermano vago y medio chorro y sobre todo, una parva de gavilanes que lo único que querían eran sexo. A las amigas les gustaba la narpie más que el dulce de leche. Sin embargo, nunca oí que Samantha mencionara a un novio. Ni siquiera a una simpatía. Las otras minitas eran bien bravas. No dejaban títere con cabeza. Pero ellas no me interesaban. Confieso que siempre me sentí atraído por mujeres como la Sami, puras, virginales. No es idea mía. Tenía algo angelical. O bastante, porque también quería que las chicas se rescataran y fueran a una iglesia de la que ella era asidua. Esos cultos modernos que a cambio de un robusto diezmo ofrecen la sanación de todas las enfermedades, las más ínfimas pero también las más inclementes. Y por obra de la fe, claro. Y por la misma tarifa se jactan de conjurar las acechanzas de cualquier demonio. Bueno, cualquiera no porque parece que los únicos que se dejan convidar son los del rito Umbanda. Si hay algo que me fastidia es que le mientan a la gente.
Un poco por el enojo y otro porque tenía un metejón con la piba, todos los días me costeaba hasta la parada del bondi para oírla aconsejar a sus compañeras. Me ponía como loco cuando esas salvajes se burlaban de su fe. Pero ella como una reina. Sin dejar de sonreír les predicaba un mundo de paz y bien, un mundo de santidad y regocijo. Un mundo sin el Mal. Y las muy zorras ni noticia. Dale que va, ojerosas, escaldadas, hasta descangalladas de tanto fornicar. Mi Samantha reprobaba toda conducta licenciosa pero redoblaba su esfuerzo de conversión sin juzgarlas. Les hablaba y les hablaba. Y yo la escuchaba y escuchaba. El mejor día para aprender era el sábado a la mañana. No me lo perdía por nada. Porque en su iglesia los viernes eran de liberación. Ella repetía las oraciones y relataba que luego de esta oración fuerte se hacían presentes los manifestados, eufemismo para decir poseídos. Sí, los poseídos por los demonios. A mí me hacía sonreír. Cómo me enoja que le mientan a la gente.
Finalmente consiguió convencer a las chicas para que la acompañaran. Yo también quise ir así que entré cuando el show ya había empezado. Me quedé en el fondo para no hacerme notar. El gran ritual de sanidad ya había empezado. Se sucedían las oraciones para que todo endemoniado se manifestara y así los pastores y sus obreros pudieran sacarlo del cuerpo a fuerza de oraciones e imposición de manos. Primero pasaron el Manto Sagrado y ordenaron a los asistentes que levantaran las manos para tocar la preciosa tela y así ser sanados de inmediato. La gente cree en cualquier cosa. Después requerían a todos los que todavía se sintieran enfermos, con alguna dolencia, presos de una brujería o macumba, trabajo o payé, que hubieran participado en actos de adoración satánica, ritos kimbanda y no sé qué más; que se aproximaran al escenario desde donde el pastor no dejaba de arengarlos a los gritos. Por supuesto que las chicas ligeritas de cascos se acercaron. Entre la aglomeración no pude ver dónde estaba Samantha.
Era el viernes de liberación. Se venía la Oración Fuerte. Mientras el pastor repetía sus invocaciones, los obreros ponían la mano derecha en la nuca y la izquierda en la frente de aquellos más permeables y cuchicheaban las órdenes de expulsión. Las turritas fueron de las primeras en manifestarse. Armaron un escándalo declarándose presas de no sé cuántos demonios. Si hay algo que no me gusta es que le mientan a la gente. En el fondo soy un tipo clásico. Extraño el agua bendita, los crucifijos, el incienso y otros objetos de piedad. Hasta extraño el latín. Las invocaciones en portuñol me causan gracia. Me hacen reír a carcajadas.

Llegados a ese punto, los manifestados hicieron su numerito. Algunos se pusieron a insultar. Otros mostraban aversión a los símbolos religiosos. Las amiguitas de Samantha se tomaban la entrepierna o los pechos y se ofrecían al pastor y sus obreros. Otros maldecían en lenguas desconocidas o sonaban como si fueran muchos hablando. Algunos gritaban con una voz cavernosa. Otros se retorcían. La gran mayoría tenían las manos entrelazadas en la espalda, con los dedos haciendo la pata de cabra. Otros iban inclinados hacia adelante y se meneaban. Esto es un fenomenal lavado de cerebro. Un severo caso de psicosis colectiva. No me gusta que le mientan a la gente. Uno se proclamaba el Exú de la Muerte. Otro, la Bomba Gira das Almas y caminaba como una mujer. Ninguno de esos demonios existe. Me hacían llorar de la risa. No podía parar de reírme.

Continuará...

lunes, 14 de noviembre de 2016

Crónica del verdor - CRISTIAN MAIER - Ezeiza

I

La palada de tierra, la primera, cayó con un ruido sordo.La masa negra, húmeda, se desperdigó hasta el pecho y algunos gránulos le entraron en la boca abierta; otros repiquetearon en la filigrana blancuzca de los ojos del muerto.
El Gringo bufó, cargó de nuevo la pala y tiró sin mirar. Esta vez,La tierra cayó directo en el rostro del cadáver que se iluminaba de manera aleatoria por los refucilos. Aun no llovía, la calma era pringosa
Javier, se secó el sudor que se le insinuaba en la frente sobre la manga de la camisa a cuadros, arremangada hasta los codos. El Muña, agotado por haber cavado el foso, se sentó de espaldas al pleno ejercicio del ocultamiento, de cara a la ruta desierta y lejana. «Salir a esa ruta angosta en una noche como esta es un suicidio», pensó. Era un pensamiento irrelevante, destinado a alejarlo en parte de lo que ocurría a pocos metros, aunque el ruido de la pala que arañaba la tierra con regularidad,devolvía el esfuerzo a su verdadera intrascendencia.
Ninguno quería ver a Rogelio, el muerto, que con sus últimas palabras los maldijo. Los tres recordaron al mismo tiempo, paso a paso, esos instantes finales.

*

Perdiste, viejo le espetó Javier, empuñando el hierro resplandeciente del revolver Ballester Molina.
El viejo entornó los ojos con un brillo extraño, sin temor, como si no estuviesen allí o como si, por el contrario, hubiesen estado allí, parados en esa habitación baja del rancho miserable, desde el principio de los tiempos.
—Todos perdimos, todo arde ahora —Le respondió el viejo con una sonrisa que dejaba a la vista las encías enfermas.
Ese fue el momento en el que el Gringo, desde sus dos metros de altura, le cruzó la cara de un puñetazo que llevaba todo el peso del cuerpo. Rogelio lo recibió de lleno y no retrocedió.La sonrisa se transformó en una carcajada que se tornó más violenta en la repetición de los golpes. El viejo se abalanzó buscando la cara del Gringo y Javier gatilló.
La reverberancia del estruendo se perdió por el campo deshabitado. Rogelio no sangró. Javier gatilló cuatro veces más. Sin embargo, el viejo seguía allí, parado en medio de la estancia, riéndose de ellos, cargando con su maldad ambigua y su crimen feroz.
El Muña, como si nada de aquello pasara en realidad, sacó  de la cintura una navaja que brillo en la semioscuridad. «Así es como mueren las bestias y los hijos de puta», susurró despacio, hundiéndole la hoja en la garganta.
Una sábana de sangre le cayó al viejo sobre la camiseta roñosa. En lo que le quedaba de vida, el Muña nunca olvidó el hedor que le hizo llorar los ojos: una mezcla de mierda, barro y basura fermentada.
Ezeiza era todavía, una extensión verde y solitaria al sur del conurbano, cruzado por una ruta angosta y las vías de un tren. Un hombre paleaba sin descanso en medio del desierto verde,  a la luz mortecina de una tormenta que no terminaba de llegar. Los otros dos esperaban, rendidos, intercambiar los roles.



II

Javier se miró las manos. Un temblor, desconocido pero interminable, le cimbraba desde los dedos hasta el mentón. Ya estaba allí cuando gatilló. También cuando envolvieron entre los tres los restos de la Bestia en una sábana mohosa y lo tiraron en el furgón de la F100, con esfuerzo, sorprendidos por el peso sobrenatural de ese esqueleto nudoso revestido en carne magra. Se percató del temblequeo cuando falló al poner la llave en contacto y puteó. El Gringo le clavó el codo en las costillas. «No aflojés —le dijo—, ya está».
Con el fulgor de la venganza consumado, afloró una tristeza hasta entonces inexistente. En algún punto se había preguntado el porqué de esa ausencia y sintió culpa. No supo hasta entonces que no era una ausencia sino una acumulación. Rotos los diques, la angustia se configuró como un todo.
Cuando agarró la pala, el hervor del estómago lo consumía en un movimiento centrífugo, desde el interior hacia los bordes, con los gritos sosegados por el llanto de su hermana Esther resonándole en el cerebro: «Javier, me mataron a la nena».
Cavar, levantar, arrojar: «Javier, me mataron a la nena».
Cavar, levantar, arrojar: el cuerpo roto de la nena.
Cavar, levantar, arrojar: la abstracción de la nena sin cara.

Un vacío innominable. La cara macilenta de su hermana. Un esfuerzo extraordinario de memoria: Natalia/sobrina/la nena. La tristeza fue un lobo que lo rompía todo, sin control.

Continuará...