De todas las mujeres que había visto pasar los últimos cien años
ella le había parecido diferente: no lo hacía acordar a nadie. Tal vez era algo
en la forma en que se movía su pelo, rasurado en las sienes, sus pasos casi
marciales, acaso la rapidez con la que daba vuelta su cabeza para mirar hacia
atrás o todo eso. Imposible saberlo. Lo que sí sabía es que quería verla y para
eso empezaría por frecuentar la
explanada por la que los autos entraban al hipermercado. Debía hacerlo con
cuidado. Había comprobado, muchos años atrás, que su –llamémosle- cuerpo perdía
espesor lejos de su hábitat, el perímetro del viejo polvorín de Ciudadela. Aquel
lugar había sido descuidado, como una dolencia que no se trata y avanza hasta
volverse imposible de revertir. Por eso explotó a comienzos del siglo XX y la
onda expansiva desparramó a una decena de obreros haciéndolos llegar mucho más
lejos que sus propios sueños de anarquía. Por allí quedó tirado Raúl, medio
cuerpo sobre la vereda mordida, y otro tanto sobre la calle de adoquines que
aún hoy sigue sin asfalto. Desde entonces da sus paseos que ya llevan miles de
lunas insuficientes para agotar la pena.
Afortunadamente ella llegaba con la noche, un rato antes
de que el movimiento cesara, hora propicia para los encuentros fugaces con los
vivos, inclinados a la huida por el terror que causaban él y sus ex compañeros.
Con mucha delicadeza, la que dan el ejercicio sostenido
de la muerte o las astillas más generosas de la eternidad, Raúl intentó
acercarse a la mujer. Su imagen era la de un muchacho de unos veinte años,
flaco, de musculatura redondeada. “Buenas noches”, improvisó, sin esperar
respuesta. “A esta hora la belleza castiga la vista de los animales nocturnos”,
dijo después de abrir el arcón de la pelotudez. “¿Qué?” preguntó ella
sorprendida, y siguió caminando unos pasos más. Luego se detuvo. Se volvió
hacia él, escrutó la oscuridad como si le costara ver. Miraba buscando el
origen del sonido. Al no encontrarlo, dio la vuelta, con ese movimiento rápido,
y siguió, con paso firme, hacia la puerta del Hipermercado, fuera de su radio. Raúl
pensó que para ser un primer encuentro no estaba mal; al menos no había salido
corriendo.
Así pasaron varios jueves: él, acercándose para soltar
una frase de poesía trasnochada; ella, fascinándose con el fenómeno al que
percibía con mayor nitidez en cada jornada. Una vez hasta se rio y su dentadura
perfecta dibujó en Raúl un espacio colmado de sensaciones olvidadas.
Ramos Mejía
Lo que no se ve detrás de esa palmera es lo que interesa. Un
edificio de dos o tres pisos, de costado, con la pared descascarada, chorreada
de negro por las sucesivas lluvias que cayeron durante treinta años y se
escurrieron desde la terraza. La palmera lo acaricia desde una cuadra de distancia,
rodeada de tejados anaranjados y plateados, de parches que construyen el
mosaico del tiempo en este lado del Oeste, en la región más transparente de Ramos
Mejía, donde el sol insiste en pintar los atardeceres con pincel fino y tonos
pasteles.
Don Francisco Montesquieu es el dueño de Verso, la
fábrica de armas de mayor venta en Argentina, pero él cree que es el dueño de
la Argentina y vende armas para seguir fabricándose el verso que implica ser
don Francisco. La empresa exporta del Oeste al mundo, con lo cual el ego de Francisco
(mi François, como le dice Flavia, su
esposa) se ha expandido con la vehemencia de un Cuarto Reich.
Juana es la hija de Fran y Fla. Preferiría ser otra
cosa. “Tiene los ojos del padre”, comentaban las vecinas en su infancia, y al
llegar a la adolescencia se compró lentes de contacto. “La nariz igualita a
mami”, le decían las tías, las abuelas y la mami y no se fue a Bariloche para juntar
los pesos que le faltaban para operarse la nariz, con la expresa idea de no
tener que “conversarlo” con su padre. Lástima que no se puede operar el olor.
Lo siente en la ropa, en la piel. Olor a Montesquieu. Le viene de adentro.
Por supuesto que a la familia no le cuenta nada de sus
amores. Pero si algo le sobra a tipos como Francisco son los informantes. Y él,
como todo rey, tiene dos bufones que lo mantienen al tanto de todo. Son Tótem y
Tabú, dos payasos que recorren el barrio haciendo malabares en las esquinas o
pidiendo una colaboración compulsiva en los colectivos después de un numerito
impresentable, con el solo fin de juntar datos sobre los posibles peligros que
corren la familia y los negocios de los Montesquieu.
─Don Francisco, tenemos novedades ─dice Tabú, quien a pesar de su
nombre está dispuesto a hablar.
─Escucho.
─Tenemos que contarle algo sobre Juana.
Le dan un detallado informe de los encuentros entre Juana y Raúl en
el sector aledaño al Hipermercado.
─¿De dónde es el tipo?
─De la zona del antiguo polvorín. Anda rondando siempre por ahí ─dice
Tótem y detiene el relato para mostrarle los videos que han filmado en dos
ocasiones. Juana y Raúl charlaban y reían como si el polvorín nunca hubiese
explotado y ella fuese la feliz hija de Keith Richards y Celia Cruz. De todas
maneras, lo que más preocupa a Francisco son las miradas cómplices entre los
jóvenes, una señal clara de que están tramando un encuentro a solas.
─Al tipo se lo ve borroso…
─Bueno, de eso le queríamos hablar.
Los payasos le explican todo lo que han averiguado sobre Raúl
Capeletti, su pasado como obrero en el polvorín, su militancia anarquista, la
explosión, su muerte y las apariciones fantasmales. Don Francisco no cree en
espectros, por lo tanto, por más borroso que se vea Raúl, no es un fantasma.
Pero sí cree en los anarquistas.
─Así que el muchacho es terrorista… Manténganlo vigilado. Si llega a
tocarla, ya saben qué tienen que hacer.
Los bufones deciden que en los días siguientes dejarán de lado
esquinas y colectivos para dedicarse exclusivamente a Capeletti y Juana. Será
una tarea sencilla. Ellos sí creen en fantasmas, pero no los consideran
peligrosos.
Anfibia
Poco a poco Raúl fue cambiando el speech y Juana entró en confianza. Empezó a sentirse feliz de
verlo. Conocerlo era descubrir otro mundo; él tampoco le hacía acordar a nadie.
Y su condición de ser etéreo, acaso irreal, le provocaba más calentura que otra
cosa.
Además, Raúl le daba datos que hacían crecer la
esperanza de llevar adelante iniciar algo juntos, o de echarse un buen polvo,
al menos.
─¿Te acordás de que te hablé de mis compañeros? Los que murieron el
día de la explosión.
─Sí.
─¿Te conté que se pasean por acá?
─Sí, me dijiste.
─Bueno. Muchos de ellos tienen encuentros con chicas. Algunos duran
un tiempo; otros, no. Hay dos que están en pareja.
─¡En pareja! ¿Y dónde cogen? ¿Hay algún lugar acá cerca?
─Sí, a un par de cuadras, por acá atrás. La llamamos “la zona
anfibia”.
─Nah… ¿Qué es eso?
─El único lugar donde es posible la unión entre vivos y muertos, o
sea el único lugar donde puede haber amor. El amor entre muertos es
impracticable; el amor entre los vivos terminó hace rato. Sólo hay amor si es
entre vivos y muertos. Y se produce ahí, en la zona anfibia.
Juana no estaba de acuerdo con esta afirmación, o no quería estarlo.
Pero recordó las parejas que tuvo y otras que conocía y le pareció que el
planteo no era tan descabellado. Como fuera, quería coger con Raúl, así que aceptó.
El ya nada gélido cuerpo espectral del muchacho enfiló
para la dirección contraria al puente. Caminaron una cuadra y ahí nomás,
titilante y magnífico, se erguía un viaducto fantasma calcado sobre las casas y
las calles de Ciudadela norte. Ella quiso conocer detalles, de qué se trataba
el lugar, en qué dimensión revistaban y una sarta de estupideces que no vale la
pena reproducir porque no las dijo pero, en cambio, le dio un apretón de manos
que se cerró en su propio puño.
Continuará...
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